No sirven para nada


Las calles y avenidas de la capital no sirven ya para lo que fueron creadas.

La prosperidad, medida en función de los vehículos propios que dan estatus social, no importa la capa que sea, se ha ocupado de convertir a las vías capitalinas en tuberías taponadas.

Si se hicieron para que los vehículos fluyeran a una velocidad que permitiera ganar tiempo en la movilidad de un sitio a otro, tal utilidad ha quedado en entredicho.

Millares de vehículos, alineados unos detrás de otros, ofrecen a diario la estampa de una ciudad paralizada, pero eso sí, llena de máquinas casi estáticas que, si se mueven, lo hacen a la misma velocidad que toma gastar un suero de miel de abejas.

Todo el que sufre el colapso no tiene más que una de dos alternativas: o que sus nervios sucumban ante una persistente carga de estrés por solo avanzar metro a metro en una calle o larga avenida, o ganarse la medalla de la paciencia de Job.

En los tiempos en que no había más vehículos que gente, circular a la llamada mínima velocidad de 40 kilómetros por hora parecía un suplicio. Un castigo. Ojalá hoy poder llegar siquiera a 20 con la cantidad de tapones a todas horas.

Muchas medidas se han pensado o se han ensayado para minimizar el caos. Pero nunca terminan teniendo el éxito esperado. Los elevados, túneles o pasos a desnivel resolvieron la movilidad en el pasado, pero por muy poco tiempo.

Ahora se vislumbran otras “soluciones”, como más metros, los monorrieles o los teleféricos, cuando lo ideal sería que los vehículos volaran, como los aviones, hasta que llegue el día en que tampoco puedan hacerlo en el espacio.

Mientras tanto habrá que seguir sufriendo y esperando que las cosas mejoren…hasta para que las mismas ambulancias puedan llegar a clínicas y hospitales sin que se les mueran los pacientes en el camino.

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