El turno de la justicia

 El caso Falcón ha hecho descorrer las cortinas que han ocultado, por años, el sistema de impunidad que cobija la corrupción administrativa y la ex­pansión del crimen organizado en nuestro país.

La coalición funesta de políticos, legisladores, funcionarios y con mucha seguridad jueces y fisca­les, en la comisión de una amplia gama de delitos, ha permitido ver ahora con más claridad la exis­tencia de un Estado rehén de esas iniquidades.

Para que la sociedad pueda extirpar ese cán­cer es preciso contar con una firme voluntad de los líderes de los poderes públicos que permita revalorizar la majestad de las leyes, la dureza de sus penas y la restitución de los dañados pilares de la institucionalidad.

Mientras las cabezas del poder ejecutivo y del ministerio público se orientan en la dirección de este rescate, es necesario aguijonear y fortalecer la judicatura para que actúe ahora con más eficiencia aplicando a todo el que delinque las penas y san­ciones que contemplan los códigos.

En definitiva, se impone declararle una gue­rra a la impunidad y a los tráficos de influen­cia de los que se valen, especialmente, los agentes del crimen organizado y los funcio­narios y militares corruptos, para que los jue­ces y fiscales venales sean indulgentes frente a sus atrocidades.

En un contexto de refundación de este sistema judicial, se cae de la mata la impostergable necesi­dad de crear tribunales especiales para juzgar a los narcos con magistrados íntegros que castiguen e impidan que los delincuentes salgan con facilidad de las cárceles valiéndose de su poder económico y las influencias políticas.

En esa refundación es clave que los procesos se realicen sin sospechosas demoras que dan lu­gar, como ha sido la costumbre, a que los casos se diluyan o a que mediante tecnicismos legales y compra o chantajes a jueces, los narcos, sus si­carios y cómplices sigan reincidiendo en sus fe­chorías.

A la justicia le ha llegado el turno de librarse de todas las manchas y debilidades que, a lo largo de muchos años, la han ido hundiendo en el descrédi­to y la desconfianza de los ciudadanos.

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