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Gripe y Covid, al mismo tiempo


La gripe ha comenzado a golpear fuerte con una capacidad viral que debe preocuparnos.

Porque su prevalencia, junto a otros virus propios de la estación de fin de año, viene a coincidir con un incremento de la pandemia del coronavirus.

La influenza, como el Covid, no distingue a sus víctimas. Y al ser tan gemelos algunos de los síntomas que ambas provocan, puede dar lugar a descuidos y confusiones.

Tales son, por ejemplo, las afecciones respiratorias, dolores musculares y de cabeza, fiebre y malestar general.

Algunos de estos también los provoca el dengue, cuyos casos de contagio han ido en aumento casi en paralelo a los de la gripe o influenza B.

El año pasado la tuvimos controlada porque en los meses anteriores al invierno la mayoría de la población utilizó mascarillas, aplicó medidas de higiene y observó, en alguna forma, las reglas del distanciamiento.

Ahora estamos ante una situación atípica, pues con rebrote de Covid hemos abandonado olímpicamente las medidas preventivas y esto es lo que da lugar a que la gripe, coaligada con el coronavirus, pueda causar más estragos.

La alternativa es poner en marcha un plan nacional de vacunación, no solo en grupos prioritarios, sino en sentido general.

Podría aprovecharse la logística y la infraestructura de la campaña anticovid para atraer a los centros de vacunación a los que deseen prevenir el contagio gripal.

Pero siempre será aconsejable que quienes experimenten los síntomas conocidos de la gripe o del dengue, acudan al médico para conseguir el diagnóstico certero y el tratamiento adecuado y oportuno.

El chivo expiatorio

Mientras la comunidad internacional no mueva sus músculos para sacar a Hai­tí de su atolladero, a nuestro país no le queda más opción que blindar militar­mente su frontera y proteger y defen­der su soberanía a cualquier costo.

De ninguna manera puede asumir el papel de redentor de una nación en estado de coma que ha llegado a ese ex­tremo por culpa de sus propios líderes, no porque la Re­pública Dominicana sea la razón de su tragedia.

Y lo que aparentemente quieren las grandes poten­cias es dejar que la crisis derivada de la violencia y la inseguridad engendrada por las luchas por el poder en­tre los haitianos, sea arbitrada, administrada y costea­da por nuestro país, lo que jamás deben permitir los dominicanos.

El presidente Abinader, hablando ante las Naciones Unidas, describió muy elocuentemente lo que está ocu­rriendo en ese país. Y pidió a la comunidad internacio­nal que asumiera una iniciativa para pacificar Haití y allanarle el camino hacia la recuperación del orden y la estabilidad política y económica.

Predicó en el desierto, porque con excepción de con­tadas muestras de apoyo estrictamente retórico o moral, ninguna nación ha querido involucrarse en el manejo de esa crisis. Y pretenden dejar sola a la República Domini­cana cargando la parte más pesada de esa encrucijada.

¿Y por qué la comunidad internacional no ha dado el paso crucial?

Porque hacerlo equivaldría a asumir el costo y la res­ponsabilidad de mantener una fuerza militar pacifica­dora, dar fondos a programas que aseguren suminis­tros alimenticios, combustibles, acceso a servicios de salud, agua, educación y energía a un pueblo carente de todo, y ser de algún modo garante del éxito de esa reconstrucción.

Les conviene que sea República Dominicana, como pivote de la cancha, la que asuma todas esas responsa­bilidades en un esquema de fusión no declarada, con todas sus consecuencias sociales, culturales y econó­micas, y mientras esa sea la actitud, el país no debería caer en esa trampa.

Ahora mismo el despliegue militar en la fronte­ra supone no solamente un componente tensional y estresante, sino un alto costo económico para la defensa de nuestro territorio, con recursos no presu­puestados, pero a lo que no podemos renunciar.

No hacerlo así significaría exponer la línea fronteri­za, la seguridad interna, la identidad nacional y los es­tándares de progreso, al azar de la historia, solo por ac­tuar como el chivo expiatorio en un conflicto del cual otros son los culpables.

Así nos pagan


Petulante, y en el fondo despreciativo, se ha mostrado el canciller haitiano, Claude Joseph, frente a los esfuerzos que realiza nuestro país para promover, junto a otras naciones, el restablecimiento de la seguridad y el orden en Haití.

Al alegar que en República Dominicana se registra un aumento de la delincuencia, el canciller haitiano se va por la tangente para pretender desautorizar las gestiones de pacificación en su país, atomizado por pandillas armadas que han impuesto sus cacicazgos en territorios donde el gobierno no mand

En lugar de despacharse con una apreciación por demás extravagante, porque no caben comparaciones entre el nivel de violencia, de secuestros y el estado de guerra interna en Haití con la realidad dominicana, el canciller Joseph debió preguntarse primero por qué millares de haitianos buscan trabajo, refugio y atenciones médicas de este lado.

El esfuerzo de mediación del presidente Luis Abinader para promover un clima de institucionalización y pacificación en Haití, sin dejar de reconocer las ayudas humanitarias y estratégicas que desde aquí se ofrecen a los vecinos, no se merece semejante desplante.

En vez de querer envolver al país en una controversia pueril, lo razonable es que Haití se abra a toda cooperación internacional en pos de su propia recuperación institucional, aunque ya hay suficientes muestras de ingratitud y de desprecio como para esperar un cambio de sus arrogantes actitudes y respuestas.

Ese comportamiento retrata la verdadera causa del Estado fallido que es Haití, cuyos responsables son fácilmente identificables dentro de sus poderes fácticos, incluyendo el gubernamental, porque han sido incapaces de evitar que los clanes mafiosos hayan tomado el poder real y que los humildes ciudadanos, desesperados, intenten huir de la vorágine de violencia y pobreza que allí prevalece.

Una decisión prudente


El gobierno ha desistido de promover una reforma fiscal, calibrando así el sostenido y creciente rechazo de la población a nuevos impuestos en un escenario de alzas y escasez de bienes de consumo.

El presidente Luis Abinader reconoció anoche que en un contexto de aumentos exponenciales de precios en combustibles, materias primas y productos, a causa de una inflación importada, no resulta procedente subir las cargas tributarias.

En cambio, ha decidido apostar por un gasto público de calidad, es decir, concentrado en programas que promuevan el bienestar humano mediante la estimulación del empleo y las actividades productivas.

Al margen de ecuaciones económicas, hay una realidad social matizada por los inesperados traumas de la pandemia del Covid que han trastornado el modelo de vida, de trabajo, de educación y de atención a la salud.

En tal caso, el objetivo de un gobierno debe ser el de dar prioridad a las nuevas necesidades, otorgar subsidios de emergencia a favor de las clases más castigadas por la inflación y austerizar algunos renglones de gastos corrientes.

El hecho de que la reforma fiscal no se abra camino en estos tiempos no significa que deja de ser un objetivo de crucial importancia para la sostenibilidad del crecimiento de la economía.

Ella puede ser, en el futuro no de tan largo plazo, una fuente de recursos para emprender grandes y necesarias obras de infraestructura y devolver a la ciudadanía, en mejores servicios y en compensaciones sociales, el sacrificio que implica una mayor presión tributaria sobre sus bolsillos.

Arrancó bien

El proceso de condicionar el acceso de los ciudadanos a los centros cerrados y a los sistemas de transporte público a la presentación de la tarjeta de vacunación contra el Covid, ha arrancado con buen pie.

La regla está siendo cumplida estrictamente en establecimientos comerciales, hospitales, bancos, supermercados y tiendas, aún a regañadientes de muchos que se negaban a someterse a ella.

Por coincidencia, los que no se habían vacunado están yendo a inocularse no solo para evitarse problemas en el transporte y los centros de trabajo, sino para protegerse mejor de las amenazas de contagio del Covid.

La pandemia sigue activa, con fuerza. Ayer la positividad estaba en 18 por ciento y casi mil personas fueron diagnosticadas con coronavirus.

Eso presagia el posible retorno a restricciones más amplias, como las que existían en las primeras oleadas que demandarán de la cooperación de la ciudadanía consciente.

El gobierno ha agotado todos los recursos a su alcance para que la mayoría de la población se vacune gratis, pero todavía hay gente irreflexiva e inconsciente que se niega.

Y en una situación de real peligro para la salud y la vida, es responsabilidad del Estado salvaguardar la integridad de los ciudadanos recurriendo a todos los mecanismos legales y de persuasión a su alcance para hacer cumplir las restricciones.

En este proceso no pueden permitirse flexibilidades caprichosas que abran el camino al irrespeto de las normas, que sería como declinar todas las acciones preventivas y dejarnos contagiar y morir por culpa del Covid.

No puede haber privilegios

El Covid se combate en el territorio y esa es la razón por la cual la mayoría de los países exigen tarjetas de vacunación o pruebas PCR a los extranjeros que deseen entrar en ellos.

Aquí, paradójicamente, esa regla no se aplica, lo cual es un factor que debilita el combate interno contra la transmisión comunitaria al descuidar el aspecto del contagio importado que puede venir de extranjeros, sean o no turistas, exentos de control.

Ahora que se aproxima un ciclo de restricciones para impedir que todas las personas mayores de 12 años sin vacunarse puedan entrar a centros públicos o privados cerrados, es inconcebible que estén excluidos de esa disposición los turistas que vienen aquí.

Si la intención es evitar que un no vacunado contagiado de Covid, con síntomas o no, ingrese a uno de esos sitios y les pegue su virus a otros, no puede haber excepciones frente a extranjeros que pretendan hacerlo sin mostrar sus tarjetas de vacunación.

Estos son los privilegios irritantes que no pueden admitirse en medio de una lucha contra la pandemia, en la que no se sabe quién es un vector de trasmisión porque nadie está totalmente inmune al coronavirus, aún vacunado.

El muro con Haití

Por razones de seguridad nacional, el país necesita proteger su frontera y hacer valer sus leyes migratorias con un muro que realmente delimite su territorio frente a Haití.

La carga de amenazas latentes que se incuban en un país dominado por pandillas armadas obliga al nuestro a blindar sus mecanismos de control fronterizo, bastante endebles para hacerle frente a un éxodo imparable o a una estampida de haitianos que huyen del infierno.

Más allá del estado de desorden y violencia imperante en Haití, los mayores peligros que afrontamos son la activa cadena de tráfico de armas, drogas e ilegales que ha encontrado campo fértil para desarrollarse bajo la sombrilla en un Estado fallido.

Por vía de consecuencia, la República Dominicana se convierte en puente y en alguna medida base de operaciones de elementos indeseables que minan los esquemas de nuestra seguridad interna y, sin dudarlo, de los de otras naciones de nuestra región.

Haití se ha convertido en un corredor abierto para los movimientos furtivos de los sicarios del crimen organizado y de manos maestras en el terrorismo y la desestabilización política en la región.

Nuestro clima de paz, de orden y de desarrollo económico está altamente comprometido mientras persistan tantas crisis juntas y profundas en el vecino Estado.

Por eso resultan importantes las medidas anunciadas anoche por el Consejo Nacional de Migración, para controlar eficazmente los riesgos que se columbran.

Estas medidas mandan mensajes claros de que llegó la hora de revertir la actitud pasiva o las respuestas deficientes a la incursión de ilegales, un problema que se agiganta aquí y en otros países de América Latina.

El muro tecnológico es un ariete indispensable en la estrategia de seguridad nacional que el presidente Luis Abinader está impulsando desde el primer día de su mandato, conocedor de esas amenazas latentes.

Su construcción, por tanto, es de la máxima prioridad nacional. No puede haber vuelta atrás ni injustificables demoras en edificarlo. Para bien, en definitiva, de los dos países.

No sirven para nada


Las calles y avenidas de la capital no sirven ya para lo que fueron creadas.

La prosperidad, medida en función de los vehículos propios que dan estatus social, no importa la capa que sea, se ha ocupado de convertir a las vías capitalinas en tuberías taponadas.

Si se hicieron para que los vehículos fluyeran a una velocidad que permitiera ganar tiempo en la movilidad de un sitio a otro, tal utilidad ha quedado en entredicho.

Millares de vehículos, alineados unos detrás de otros, ofrecen a diario la estampa de una ciudad paralizada, pero eso sí, llena de máquinas casi estáticas que, si se mueven, lo hacen a la misma velocidad que toma gastar un suero de miel de abejas.

Todo el que sufre el colapso no tiene más que una de dos alternativas: o que sus nervios sucumban ante una persistente carga de estrés por solo avanzar metro a metro en una calle o larga avenida, o ganarse la medalla de la paciencia de Job.

En los tiempos en que no había más vehículos que gente, circular a la llamada mínima velocidad de 40 kilómetros por hora parecía un suplicio. Un castigo. Ojalá hoy poder llegar siquiera a 20 con la cantidad de tapones a todas horas.

Muchas medidas se han pensado o se han ensayado para minimizar el caos. Pero nunca terminan teniendo el éxito esperado. Los elevados, túneles o pasos a desnivel resolvieron la movilidad en el pasado, pero por muy poco tiempo.

Ahora se vislumbran otras “soluciones”, como más metros, los monorrieles o los teleféricos, cuando lo ideal sería que los vehículos volaran, como los aviones, hasta que llegue el día en que tampoco puedan hacerlo en el espacio.

Mientras tanto habrá que seguir sufriendo y esperando que las cosas mejoren…hasta para que las mismas ambulancias puedan llegar a clínicas y hospitales sin que se les mueran los pacientes en el camino.

Haití nos pesa demasiado


La economía, la seguridad nacional y la vida de los dominicanos, en sentido general, están bajo fuerte estrés por las repercusiones de la crisis haitiana en nuestro país.

La enorme inversión de recursos en equipos y tropas para asegurar un mínimo de control fronterizo, la igualmente significativa aportación a la gratuidad de los partos de las embarazadas haitianas y la presión que tiene que soportar el Estado ante el relajamiento de sus leyes de migración y ciudadanía, son parte de esas cargas ya insostenibles.

La existencia de un permanente estado de pobreza, insalubridad, bandidaje e inestabilidad política en Haití dispara las fuerzas centrífugas de un conjunto de problemas que vienen a impactar a nuestro país y para los cuales no tenemos capacidad de asimilación ni solución.

Como responsablemente ha dicho el presidente Luis Abinader en su discurso ante la 76 Asamblea General de las Naciones Unidas, la gravedad de la crisis de Haití amerita de la intervención internacional, estabilizadora y humanitaria, para imponer las reglas de un estado de seguridad, de orden político y de auxilio a una población desgarrada por la miseria y por la violencia.

La República Dominicana, sobrecargada por la intrusión permanente de ilegales haitianos que se aposentan, trabajan y también reproducen aquí sus formas de vida, sus excesos depredadores en la foresta y sus comportamientos violentos en los sitios donde se hacinan, no es la solución a esa tragedia.

Y pese a que en gran medida hemos tenido que soportar unos problemas que no son propios ni los creamos, mostrando así la cara de una real solidaridad que otros países no han practicado, lo cierto es que la población dominicana está harta y renuente a seguir poniendo la mejilla para que algunos países y organizaciones internacionales nos peguen y nos acusen injustamente de discriminación y xenofobia.

Demasiado hemos aguantado estas infames campañas y las necias intromisiones de países y grupos para que auto aniquilemos nuestra soberanía, borremos la frontera y permitamos la libre ocupación de nuestro territorio por parte de los haitianos, como si acaso nosotros tuviésemos la llave de su infortunado destino.

¡No puede claudicar!

Es muy firme la determinación del presidente Luis Abinader de librar la batalla de la seguridad ciudadana, permanentemente amenazada por los delincuentes y mafiosos que han encontrado cancha libre para sus fechorías.

Las distintas iniciativas que ha tomado su gobierno, que abarcan también la reforma de la Policía Nacional y planes antidelictivos focalizados en distintos puntos del país, sintetizan una de las más sentidas aspiraciones de la sociedad.

Y así como la delincuencia y el raterismo hacen olas al amparo de una combinación de contubernio de autoridades y flojedad de la justicia, así el narcotráfico y otras formas del crimen organizado también han encontrado espacios para su expansión, bajo esas mismas sombrillas.

En este último aspecto, la existencia de un ministerio público independiente, cuyas acciones no son interferidas por el Presidente, ha contribuido a que por primera vez en la historia se den golpes contundentes en el espinazo de sus ilícitos negocios.

Y lo mismo puede decirse de la política de “tolerancia cero” contra la corrupción administrativa, bandera relevante de sus promesas electorales, que ya ha logrado llevar a la cárcel a personajes que parecían intocables, tanto de fuera como desde dentro del gobierno o del propio partido oficial.

Al hablar en Nueva York en uno de los actos de su actual visita oficial, el Presidente mostró el vigor y la firmeza de sus intenciones para erradicar estos flagelos sociales. Como lo hubimos de decir en un editorial, el presidente se la juega en serio.

De ahí la necesidad de que él sienta que la sociedad lo apoya en esta crucial batalla por el adecentamiento del ejercicio del poder y la erradicación de las mafias, chiquitas o grandes, a las que su gobierno golpea con fuerza.

Ni él ni la sociedad pueden claudicar.

Este es el momento histórico de romper con un esquema de impunidad y complicidades y de no permitir que esas hidras del mal vuelvan a levantar sus innumerables y venenosas cabezas.